Renunciando a la aparente obligación
No hay nada más frustrante que cuando se presenta una única opción, y esa opción debe ser tomada sí o sí. Esto sucede mucho en la elección de la forma de vida, sobre todo cuando se presenta una limitación física y es necesario hacer unos cambios, mudándose por ejemplo a una residencia, o a otra vivienda.
Estas decisiones no siempre van por el buen camino. Por ejemplo, hay huéspedes de residencias de mayores que no han estado de acuerdo en esa decisión de mudarse a una residencia, pero han debido afrontarlo porque los hijos no pueden hacerse cargo. A lo mejor, tras un tiempo, los huéspedes consiguen aclimatarse, pero si no está en sus planes personales puede haber siempre un sentimiento de frustración. Siempre hay otras alternativas de vivienda.
Sucede que, en estos lances, las personas no tienen más remedio que dejarse llevar por otras, renunciando a la propia autonomía del pensamiento, y entregándose a los dictados de lo que pueda decidirse a su alrededor, aunque no sea lo mejor para ellas porque no lo han querido. Es una pérdida de la libertad, y se produce porque la independencia en parte se ha perdido. No siempre es por razones físicas, sino cuando la persona no es capaz de tomar las riendas de su vida, entregándose a otros.
Por eso, una buena forma es confiar en lo que siempre nos ha hecho feliz, en la épica de la persona. Hasta en esas situaciones, cuando se ha perdido la libertad y nos vemos limitados, es necesario volver a confiar en que debemos tener siempre la última palabra en nuestras vidas. Puede ser buena opción confiar en un profesional de la psicología o del trabajo social, alguien experto en el campo de la orientación personal.
Y sabiendo que es muy difícil sobreponerse a toda la presión, pero nos veremos reconfortados si hacemos lo que nos dice el interior, sabiendo lo que puede ser mejor para cada uno. Contando, claro, con la información necesaria. Es un error creer en que solo hay una única salida.
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